Se cierra el portón y se camina por la calle.
El cielo está sin nubes. Hay un vientito que refresca.
Se camina. Se pasa del asfalto al empedrado y a la calle de tierra.
Reciclaje. Reciclaje de palabras que se hacen nuevas.
Felizmente se conversa. Se ríe. Se juna. Se pispea.
Se llega al puente. Y el agua negra que pasa por debajo no llega a los pies, pero se disfruta.
Se elige la oscuridad porque es más cómoda.
Y sobre el agua pasan coches y farolas, y aviones que amenazan.
Y más cerca pasa más. Bocas que fuman y besan. Y siguen riendo.
Se disfruta. Aunque sea complicado.
Así debía de ser.
Complicado.
Y elegido al fin.
La Tía de la Hermana
domingo, 23 de octubre de 2011
lunes, 22 de agosto de 2011
I
Hoy alguien me hizo acordar a vos. Estaba dormido en el colectivo, con la cabeza golpeando la ventanilla, golpeando tan violentamente que en realidad parecía estar inconsciente. Sólo vos te golpeabas adrede la cabezota en las ventanillas hasta que alguien te censuraba la autoflagelación. Nunca fui yo. Siempre me admiré de esa capacidad desmedida de hacerte daño. De ese real regocijo al lastimarte. Aprovechabas las calles despedazadas para simular los tropiezos. Y en realidad te desvanecías frente a cada adoquín de San Telmo, que te fascinaban al punto de no poder despegar tu boca de ellos. Por un tiempo dejaste de ir. Tu boca ensangrentada ya no daba gracia a nadie. Menos a mí que debía ser testigo mudo de tus andanzas. Pero no lo hiciste por mí, ni por alguien más, ni por tu boca partida, ni por las miradas que te ofrecían los transeúntes, los edificios, los perros y los subterráneos. Dejaste de ir, simplemente para provocarte dolor. Para tener una excusa a tu tristeza, a tu mal humor, a tus vendavales encolerizados que corrompían todo a su paso.
Cuando estabas feliz, porque sí, la felicidad iba y venía de vos, como el 159 de Quilmes a Capital, a veces a tiempo, a veces con retraso, a veces un corte en la autopista hacía que no llegara nunca. Y también estaban los accidentes, tres o cuatros locos que se divertían impactando sus coches contra vallas, contra otros coches, contra el puesto de peaje, en fin. Cuando estabas feliz, tu mano borraba ojos y bocas y brazos y autopistas y riachuelos y coches, convertías todo alrededor en manchas carentes de formas, en un túnel de color azul empastado en el cual resbalar atravesándolo eternamente como antes.
Imaginabas conversaciones todo el tiempo. Creabas elaboradas respuestas que ponías en boca de quien sería tu interlocutor, pero no permitías que sucedieran en realidad. Vivías vidas paralelas que duraban lo que un viaje en subte. Te teletransportabas con los auriculares embutidos en los oídos, conectados al mp3, que más tarde perdiste. Iniciabas temas de discusión con vos mismo, te arengabas y echabas para atrás al mismo tiempo. Te suicidabas todas las mañanas y renacías de noche. Me hablabas de tu vida en el mar. Cuando todavía no te habían salido las piernas y los brazos. Te gustaba ser una raya. Eso me decías. Adorabas atravesar el mar como con alas, y tu cuerpo era perfecto para esconderte bajo la arena cuando no querías saber de nadie. Sí, desde tus primeras vidas disfrutaste de la soledad por elección.
Me hablabas de planes perfectos, de lugares que no conocías, de lo que veías en las baldosas, de los muros enmohecidos, del agua que te faltaba, del vino que querías, de las puertas que daban a precipicios y que te resultaba imposible evitar. Del deseo irreprimible de revolcarte en el barro cada vez que llovía, y encontrabas barro. De lo mal que te hacía el cemento empapelando tu vista. Me hablabas de cómo desmenuzabas la carne de quien se te ofrecía, cómo poseías sus cuerpos, como te excitaba pensar que entre tus manos podías deshacerlos, que bajo tu peso los asfixiabas, que lastimabas, que el sudor era sangre y los besos mordiscos brutales. Pero el espejo de la habitación se encargaba de hacerte ver que era tu cuerpo el destrozado en la carnicería...
Cuando estabas feliz, porque sí, la felicidad iba y venía de vos, como el 159 de Quilmes a Capital, a veces a tiempo, a veces con retraso, a veces un corte en la autopista hacía que no llegara nunca. Y también estaban los accidentes, tres o cuatros locos que se divertían impactando sus coches contra vallas, contra otros coches, contra el puesto de peaje, en fin. Cuando estabas feliz, tu mano borraba ojos y bocas y brazos y autopistas y riachuelos y coches, convertías todo alrededor en manchas carentes de formas, en un túnel de color azul empastado en el cual resbalar atravesándolo eternamente como antes.
Imaginabas conversaciones todo el tiempo. Creabas elaboradas respuestas que ponías en boca de quien sería tu interlocutor, pero no permitías que sucedieran en realidad. Vivías vidas paralelas que duraban lo que un viaje en subte. Te teletransportabas con los auriculares embutidos en los oídos, conectados al mp3, que más tarde perdiste. Iniciabas temas de discusión con vos mismo, te arengabas y echabas para atrás al mismo tiempo. Te suicidabas todas las mañanas y renacías de noche. Me hablabas de tu vida en el mar. Cuando todavía no te habían salido las piernas y los brazos. Te gustaba ser una raya. Eso me decías. Adorabas atravesar el mar como con alas, y tu cuerpo era perfecto para esconderte bajo la arena cuando no querías saber de nadie. Sí, desde tus primeras vidas disfrutaste de la soledad por elección.
Me hablabas de planes perfectos, de lugares que no conocías, de lo que veías en las baldosas, de los muros enmohecidos, del agua que te faltaba, del vino que querías, de las puertas que daban a precipicios y que te resultaba imposible evitar. Del deseo irreprimible de revolcarte en el barro cada vez que llovía, y encontrabas barro. De lo mal que te hacía el cemento empapelando tu vista. Me hablabas de cómo desmenuzabas la carne de quien se te ofrecía, cómo poseías sus cuerpos, como te excitaba pensar que entre tus manos podías deshacerlos, que bajo tu peso los asfixiabas, que lastimabas, que el sudor era sangre y los besos mordiscos brutales. Pero el espejo de la habitación se encargaba de hacerte ver que era tu cuerpo el destrozado en la carnicería...
sábado, 30 de julio de 2011
lunes, 18 de julio de 2011
Me Caigo y Me Levanto [?]
"Hay quien ha sostenido que la rehabilitación sólo es posible alterándose, pero olvidó que toda recaída es una desalteración, una vuelta al barro de la culpa. En efecto somos lo más que somos porque nos alteramos, salimos del barro en busca de la felicidad y la conciencia y los pies limpios. Un recayente es entonces un desalterante, de donde se sigue que nadie se rehabilita sin alterarse. Pretender la rehabilitación alterándose es una triste redundancia: nuestra condición es la recaída y la desalteración, y a mi me parece que un recayente debería rehabilitarse de otra manera, que por lo demás ignoro. No solamente ignoro eso sino que jamás he sabido en qué momento mi tía o yo recaemos. ¿Cómo rehabilitarnos, entonces, si a lo mejor no hemos recaído todavía y la rehabilitación nos encuentra ya rehabilitados? Tía, ¿no será ésa la respuesta, ahora que lo pienso? Hagamos una cosa: usted se rehabilita y yo la observo.Varios días seguidos, digamos una rehabilitación continua, usted está todo el tiempo rehabilitándose y yo la observo. O al revés, si prefiere, pero a mi me gustaría que empezara usted, porque soy modesto y buen observador. De esa manera, si yo recaigo en los intervalos de mi rehabilitación, mientras que usted no le da tiempo a la recaída y se rehabilita como en un cine continuado, al cabo de poco nuestra diferencia será enorme, usted estará tan por encima que dará gusto. Entonces, yo sabré que el sistema ha funcionado y empezaré a rehabilitarme furiosamente, pondré el despertador a las tres de la mañana, suspenderé mi vida conyugal y las demás recaídas que conozco para que sólo queden las que no conozco, y a lo mejor poco a poco un día estaremos otra vez juntos, tía, y será tan hermoso decir: "Ahora nos vamos al centro y nos compramos un helado, el mío todo de frutilla y el de usted con chocolate y un bizcochito."
Julio Cortázar
Julio Cortázar
sábado, 16 de julio de 2011
jueves, 14 de julio de 2011
miércoles, 13 de julio de 2011
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
